La India: ruta hacia un mercado emergente

La alta tecnología de Bangalore y los barrios deprimidos de Calcuta, una potencia nuclear de primer orden y la pobreza más evidente, una de las civilizaciones más antiguas de la Tierra y de las economías más dinámicas y contradictorias… todos los contrastes en un solo país: la India.
Este gigante de economía emergente que precisa de expertos en infraestructuras y tecnología, de consolidada demanda, con un sector de la construcción en pleno crecimiento, cada vez otorga más importancia a la calidad de los materiales y a que los proyectos seleccionados perduren en el tiempo y sean sostenibles con el planeta.
Otros segmentos de gran proyección son los relacionados con la generación de electricidad a partir de residuos, la energía solar o la gestión del agua. Todos ellos ofrecen amplias posibilidades para empresas que les provean de la tecnología, la maquinaria y las herramientas necesarias.
Actualmente, en la India prevalece una política de incentivos a las inversiones extranjeras directas dirigida hacia industrias concretas, con el fin de impulsar el desarrollo de las regiones menos favorecidas e incrementar los ingresos por operaciones de comercio exterior. Los incentivos que se aplican en esta república se concretan en exenciones fiscales o reducciones de impuestos, que varían tanto en función de la actividad como de la localización de la inversión. En este contexto de crecimiento económico constante de las últimas décadas, las inversiones extranjeras se han ido incrementando y concentrando progresivamente en el sector servicios, en el químico y en el metalúrgico.
El predominio de una serie de valores espirituales en la sociedad india crea una atmósfera de ética y juego limpio en los negocios que favorece las relaciones comerciales. Desde un punto de vista bilateral, entre España y la India se mantiene un Acuerdo de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones en vigor desde 1998. Asimismo, existe un convenio para evitar la doble imposición y prevenir la evasión fiscal en materia de impuestos sobre la renta y el patrimonio.
Sin embargo entrar en el mercado indio no es fácil: la burocracia es compleja y resulta imprescindible el apoyo de un socio local. Además, hay una serie de actividades en las que la inversión extranjera está limitada, como es el caso de la agricultura, ciertos servicios financieros no bancarios, petróleo, prensa y servicios postales entre otros.
No obstante, la política de restricciones sectoriales está en continua revisión por parte del Gobierno, cuyo objetivo con respecto a la inversión, es dar pasos hacia su liberalización. La India se abre tanto en el sector del comercio minorista como en el de las aerolíneas, mejorando así las comunicaciones.
Para la implantación de una compañía extranjera en este país existen dos opciones. Una consiste básicamente en la creación de una empresa que se rija por las leyes del país de origen bajo la forma de liaison office (oficina de representación), project office (oficina de proyecto) o branch office (sucursal) y la segunda opción sería la implantación de una empresa india a todos los efectos como joint venture o wholly owned subsidiary (WOS) -filial al 100%-.
En general y de cara al inversor extranjero, la India cuenta con mano de obra barata, abundante, bien preparada, que utiliza mayoritariamente el inglés como lengua de negocios. A pesar de la fuerte influencia británica, para ellos todo es relativo. La paciencia es esencial en negociaciones habitualmente eternas, en las que hay que estar abierto a la posibilidad de tener que reestructurar y volver a empezar. Su concepto del tiempo es distinto al nuestro.
En la cultura india el regateo es una constante que se aplica a las compras y también en las negociaciones empresariales. Para evitar sorpresas, es muy importante firmar un acuerdo previo en el que se fijen los puntos y aspectos vitales de la relación, evitando los cabos sueltos que puedan dar lugar a malentendidos.
